Estudiar Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras

Colaboraciones, Por Alejandro Bastien

Introducción

        El día de ayer tuve un ensayo en el “teatrino” (así es como le llamamos a unas escaleras techadas con una especie de tarima para acceder al edificio de la Rectoría, cuya puerta de acceso, afortunadamente para nuestros ensayos, siempre está cerrada). Estaba con una compañera y amiga, Fernanda, a la que distingo por ser muy disciplinada y propositiva. Al terminar el ensayo, me compartió que está en una crisis porque piensa realizar el examen de ingreso a la ENAT (Escuela Nacional de Arte Teatral). Me dijo que ya no quiere continuar en la Facultad[1] porque no siente las condiciones adecuadas que potencien su formación y se siente frustrada cuando se encuentra con profesores incapacitados para propiciar su máximo desarrollo como estudiante de teatro.

       Esta conversación me llevó a poner atención en los temas que intentaré desarrollar en este artículo. Para empezar, nosotros los alumnos: quiénes somos y cómo llegamos a decidir estudiar Teatro en el Colegio de Literatura Dramática y Teatro. Después, quiénes son nuestros profesores, el amplio espectro y los contrastes que hay. Más adelante, trato algunos puntos sobre las materias y estas en relación con el circuito teatral. Por último, comparto las propuestas que estamos desarrollando en el Colegio[2] para fortalecer nuestra comunidad y formación académica.

Sobre los alumnos

         Cuando iba en 6° de prepa, entré por primera vez a la Facultad y me sorprendí al ver que existía un Área de teatros, después, en mis primeros días veía a cientos de personas, desconocidas para mí, caminar, cantar y gritar de las formas más extrañas. Desde entonces me preguntaba ¿Quiénes configuramos a los alumnos del Colegio? Ahora tengo algunas respuestas básicas: somos más de 550 hombres y mujeres entre los 18 y 30 años de distintos antecedentes académicos e ingresamos al Colegio sin ningún filtro específicamente teatral, esto es igual a diversidad.

       Somos aproximadamente 120 estudiantes por generación que ingresa: el 80% entramos por Pase Reglamentado -mejor conocido como “pase directo”- de ENP (Escuela Nacional Preparatoria) o CCH (Colegio de Ciencias y Humanidades), de estos 90 alumnos que ingresamos por esta vía, me pregunto: ¿Cuántos ingresan por una voluntad definida y realmente informados y cuántos por una casualidad apoyada por el Pase Reglamentado? En mi experiencia puedo decir que, en la mayoría de los casos, es la segunda opción. Situación por demás alarmante, aunque no necesariamente negativa. En mi caso, junto con mi amiga Dalia, tuvimos la buena suerte de escuchar a Luis Mario Moncada en una plática que dio en la Prepa 6 cuando estábamos en último año y decidimos ingresar a la carrera sin mucha más información o formación. El otro 20% entran por el examen único o cambio de carrera, en esta última opción si hay una audición.

       Propongo una pregunta a mis compañeros: ¿Qué podemos hacer para dar la bienvenida e impulsar a nuestros nuevos compañeros del Colegio y futuros hacedores de teatro? Durante años, hemos decidido no hacer nada. –¿Cuántos semestres nos tardamos en darnos cuenta de que no estamos en un curso intensivo de verano?- Esta frase la escuché a un compañero por demás destacado de la generación de arriba y retumbaron mis oídos.

     Regresando a Fer, presto atención a lo que yo llamaría profesores mediocres, pero pienso que el punto relevante acerca de esto somos nosotros los alumnos, ya que permitimos que sigan circulando por nuestras aulas. Distingo qué favorece esta situación: la mayoría de los estudiantes no tiene las herramientas críticas para cuestionar sus métodos de enseñanza y no contamos con los espacios y horarios que propicien el diálogo y la organización entre los estudiantes para reflexionar y llegar a acuerdos.

      Y entra un tema que llama mi atención: la Institución es la que más tiempo permanece, los profesores son los que tienen periodos más extensos dentro de ésta y los alumnos somos los más pasajeros. Como individuos sí, pero como conjunto no. Repito: ¿Qué espacio estable tenemos para construirnos como continuidad, organización y fuerza?

      La realidad es que cientos de estudiantes seguirán ingresando a nuestra licenciatura año tras año, la mayoría con un alto grado de desinformación histórica, académica y teatral; de estos, mínimo una docena deserta en el primer año. Por otro lado, las condiciones de ingreso generan un ambiente diverso en todos los sentidos, lo cual resulta nutritivo, diverso y teatral.

Sobre los profesores

     Primera semana de clases: no sé nada de mis profesores, no conozco en lo más mínimo a mis compañeros, no sé cuál es el salón Alaide o el TFW. En una de las clases, un profesor nos guía para hacer un hermoso ritual a Dionisio, en otra, sin mayor explicación, pasamos a hacer una escena, al siguiente día, un profesor nos recibe con un libreto desconocido (era Hamlet) y nos pone a trabajar con él, y en la noche, llegamos con un dramaturgo reconocido que nos presentaba videos y textos de obras alucinantes. ¡Quiénes son estos profesores!

     Empezaré por las cifras: el Colegio cuenta con más de 90 catedráticos que van de los 28 a los 85 años, sólo 12 de tiempo completo, hay quienes imparten una, dos o cuatro materias. Hay diversidad: al menos 90 visiones del teatro. ¿Dónde se formaron, en la Facultad, en el extranjero o en ambos? ¿Qué metodología desean y eligen compartir? ¿Qué trasmiten efectivamente? ¿Hacen teatro (dónde) o investigan? ¿Qué tipo de alumnos reciben?

     Cada profesor decide instaurar un sistema político (relaciones de fuerzas y resistencias) dentro de su aula, en el que considera más propicio compartir sus saberes. Algunos tienen la convicción de construir siempre un espacio para la reflexión y el diálogo, otros no. Algunos pretenden que aprendamos a hacer teatro en la butaca; otros, en el escenario. Hay quienes dejan leer un texto por semana; otros, dos al semestre.

        Es admirable que con el alto grado de turbulencia y violencia que habita en nuestro país, nuestros profesores se dispongan, con toda su nobleza y generosidad, a construir espacios para la creatividad por demás necesarios y justos para los mexicanos. En estos espacios que construyen en nuestros salones, es donde nos enfrentan a la libertad y a la creatividad, donde se revelan nuestros mayores miedos; entonces se hace latente la gran responsabilidad que tenemos al decidir qué y cómo compartir desde la escena con los espectadores, nuestra sociedad. En esas condiciones, es donde nos formamos con mayor conciencia como los ciudadanos artistas que pretendemos ser.

          Es en este punto donde la diversidad de visiones del teatro se vuelve sumamente necesaria, porque no todos los espectadores tenemos las mismas necesidades o circunstancias al momento de elegir una obra de teatro; hay distintos tipos de espectadores para los que se requieren distintos tipos de teatros.

       Tenemos mucho por esclarecer acerca de nuestro cuerpo docente, entre otras cosas, para ver la continuidad (o falta de) y contrastes valiosos a los que nos enfrentamos los alumnos durante los 4 años, en general 5, de formación en el CdLDyT. También creo que en la medida que podamos construir una comunidad estudiantil más sólida y comprometida, seremos recibidos de manera distinta en las aulas.

Nuestras materias

        De Dramaturgismo a Introducción al teatro físico, de Taller de canto para actores a Historia del teatro mexicano de la primera mitad del siglo XX. ¿Qué lugar, en relación con los otros centros de estudios superiores de teatro del país y el mundo, ocupan los estudios teatrales en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM? ¿En qué medida respondemos los alumnos a las exigencias de un plan de estudios, al llevar 7 materias por semestre? ¿A partir de qué metodología o filosofía estudiamos 12 materias de Historia del Teatro? Me pregunto, sin éxito en la respuesta, en qué materia realmente leemos y analizamos el corpus teórico que han producido los teatreros mexicanos. En este Colegio tenemos los medios e investigadores que dan la atención que merece la teoría teatral mexicana, pero no estoy convencido de que este aspecto tan valioso llegue de manera efectiva a los estudiantes. Comprendo que la licenciatura es solo el primer paso en una formación académica, pero ¿qué clase de primer paso queremos dar?

      En la mayoría de los casos, el vínculo entre las cátedras y las necesidades reales de los distintos espectadores no es atendido con agudeza. Esta situación se percibe en el espacio que existe entre nuestro Colegio y los circuitos de exhibición, la difusión teatral o la confianza del medio en los estudiantes del Colegio, o, para no ir más lejos, en la distancia que hay entre nuestro Colegio y los otros Colegios que conforman la Facultad. En 4° año llevamos una materia obligatoria: Laboratorio de puesta en escena; tiene por objetivo “Realizar y presentar una puesta en escena con calidad profesional de una obra completa” ¿Cuántos proyectos llegan a trascender el área de teatro de la Facultad? ¿Estas puestas en escena responden a la calidad que se espera de un centro de estudios superiores en teatro en una FFyL? Por supuesto que algunas sí.

Propuestas

       Desde inicios de octubre, un grupo de alumnos y una profesora estamos emprendiendo un proyecto para hacer un Catálogo de Profesores del CLDyT. Tenemos la intención de construir esta herramienta para conocer las visiones del teatro y la pedagogía que nuestros profesores aplican. Así reconocer cómo está conformada esa parte fundamental del Colegio. Este proyecto nos dará mayor visibilidad nacional e internacional y abrirá un espacio para la información y el fortalecimiento de los vínculos de nuestra comunidad.

       También empezamos a desarrollar un Programa de bienvenida para implementar a partir de la siguiente generación, con el objetivo de integrar a los de nuevo ingreso a la comunidad que somos, de informarles a dónde han llegado y propiciar su iniciativa de ser miembros activos de la comunidad.

   Por último, estamos investigando la posibilidad de gestionar horarios y espacios para permitir la eficaz realización de asambleas de alumnos para poder fortalecer la comunicación, continuidad, comunidad, posturas políticas y acuerdos.

[1] Facultad de Filosofía y Letras (FFyL). Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) (N. del E.)

[2] Colegio de Literatura Dramática y Teatro (CdLDyt) (N. del E.)

Bibliografía:

Manuel González Casanova y Hugo Alberto Figueroa Alcántara, coord. Historia del teatro en la UNAM. México DF: FFyL, UNAM, 2011.

Lech Hellwing-Gorzynski, coordinador. Máscara vs rostro: sesenta años de enseñanza del arte dramático en la UNAM. México DF: UNAM, Téxere editores, 2009

Alejandro Bastién es estudiante del CLDyT de la UNAM.

Breve reflexión sobre la mesa de trabajo “Enseñar actuación hoy”

Colaboraciones, Por Rodrigo Herrera Alfaya

Antes de iniciar poniendo en evidencia las crisis emergentes, las economías agobiantes y, sobre todo, las imperdonables batallas entre las estéticas “pos” y las que no lo son, me parece importante ir al grano: ¿qué propósito tiene pensar la pedagogía teatral en estos contextos?

Si bien, este cuestionamiento es sintomático: resulta importante pensar en la relación entre  pedagogía y entorno. Evidencia de eso fueron las primeras dos preguntas que se hicieron ayer en la mesa de discusión “Enseñar actuación hoy” en el marco de “La jornada de reflexión” en CasAzul. El primer cuestionamiento fue realizado por una asistente que proponía hacer visible la relación entre  capitalismo y  enseñanza, con sus posibles implicaciones. Y el segundo, la hizo una joven extranjera interesada en conocer las políticas de la educación artística en México. Ambas preguntas denotan que  la enseñanza ya no es explicable sin comprender aquello que la contiene y sus correlaciones. Quizá, esto es el resultado de la evidente ruptura en la autonomía de la enseñanza o fue producto de una incansable lucha realizada por la pedagogía latinoamericana  en el siglo pasado o es solo la manifestación de una serie de factores sociales y políticos que nos oprimen, y que se vuelven tan evidentes que es imposible pensar la “escuela” como una institución aislada. Sin embargo, la mesa conformada por José Caballero, Rosa María Bianchi, Claudia Ríos, Álvaro Cerviño, Mariana Giménez y Mario Espinosa ahondó poco en esta forma de comprender la pedagogía.

La mayor parte de la discusión fue una aproximación a la problemática generacional entre profesores y alumnos. Reflexión que se torna compleja cuanda se toma en cuenta la observación de Freire al respecto: “ El bisnieto de fines de siglo pasado repetía, a grandes rasgos, las formas culturales de valorar, de expresar el mundo, de hablar, propias de su bisabuelo. Hoy, en una misma familia, en las sociedad más complejas, el hijo más pequeño no repite al hermano mayor, lo que dificulta las relaciones entre padres, madres, hijas e hijos”*. A propósito de ello, Rosa María inició la discusión leyendo una reflexión acerca de las dificultades que implica dar clases a jóvenes “tecnologizados” quienes han vivido un cambio fundamental en sus estructuras cognitivas. Es decir, enfrentarse a alumnos que han desarrollado capacidades racionales y de atención veloces, simultáneas y, en momentos, poco profundas.

Todo ello, se volvió una charla en la que se contaron vivencias personales y perspectivas centradas en esta “crisis cognitiva”. Sin embargo, se habló poco de las condiciones económicas y sociales que han dado origen a dicha problemática. Y que, como se puede suponer, el cambio en las formas de aprender y poner atención son solo dos síntomas de los muchos que generan las ciudades industrializadas sobre las formas de enseñanza. Reitero, el pensamiento mosaico en el alumno no carece de importancia pero se sitúa en la cima de un montón de condiciones influyentes para la enseñanza teatral como las políticas de arte y el valor económico que se le otorga a la práctica pedagógica y cultural.

Entonces, la mesa de discusión titulada “Enseñar actuación hoy” – con la amplitud y ambigüedad que encierra este título y, al mismo tiempo, con su referencia estricta a la actuación-  al centrarse, casi por hora y media, en la enredadera del pensamiento del alumno contemporáneo, puso en evidencia dos aspectos que  resultan relevantes.

Uno es que la charla se focalizó en metodologías impuestas y recreadas por los teatros de arte. Es decir, se habló largo y tendido sobre  las maneras en que estas formas de enseñar actuación se alteran al enfrentarse con educandos inmersos en el aparato de los mass media. Sin embargo, dicho modelo de enseñanza no se puso en cuestión casi en ningún momento porque resultó más relevante el estado de contradicción que existe entre estos y su presente evidente. Aunque en algún  momento de la conversación, Mario intentó comenzar a desmontar dichas metodologías al referirse a cuatro partes fundamentales en la enseñanza artística, y  Mariana lanzaba el recordatorio constante de no dar tábula rasa a lo que se ha aprendido en el plano de lo teatral, no hubo mayor inercia por deestabilizar el modelo de enseñanza teatral tradicional. El mismo José Caballero reconocía la imposibilidad de enseñar aquello que se encuentra en el confuso espacio de la “ruptura” estética.

El segundo aspecto a resaltar es que la enseñanza teatral parece que continúa estando del lado de los teatros de arte en espacios urbanizados. Donde es claro que los medios masivos y los tejidos sociales poco consolidados alteran la relación entre educadores y educandos. Sin embargo, no solo los teatros modernos han complejizado sus pedagogías ni tampoco la enseñanza teatral aparece y se problematiza únicamente  en sociedades inmersas en los grande medios masivos de comunicación. Esta falta de amplitud, a lo mejor, solo reafirma la vieja idea del centralismo voraz. Que, como una ventana, nos muestra y hace creer que todo el teatro se encuentra contenido en los teatros modernos o en aquellos que son reconocidos como producto cultural.

A estas alturas, cualquiera podría oponerse y lanzar una crítica certera esta reflexión: ¿No te quedaba claro que el punto de partida de la charla  eran los teatros de arte en el contexto capitalino? Y tendría razón. Pero reconocer la práctica teatral y pedagógica únicamente en ese marco plantea el verdadero problema: reducir lo teatral a la legitimación que le da un sistema social muy específico.

*Freire, Paulo. Pedagogía de la Indignación, Cartas pedagógicas en un mundo revuelto. Editoral Siglo XXI. 

Ponte en contacto con La Barraca

Sin categoría

¿Quieres colaborar?

La Barraca es un espacio  de reflexión y diálogo constante, que está enfocado en el pensamiento universitario. Este blog sirve como una plataforma de divulgación para todas las personas interesadas en compartir sus pensamientos y vivencias.

Estamos en constante búsqueda de material: críticas, ensayos, disertaciones, investigaciones.

De la misma manera, esperamos tus comentarios, sugerencias y puntos de vista.

La Barraca la hacemos todos.

Esperamos tu propuesta en: labarraca.unam@gmail.com

 

 

Discurso de presentación

Colaboraciones, Por Vicente Quiroga

Nombramos un mundo que nos acompaña desde nuestra primera palabra, cuando nos asombramos antes las cosas ajenas y caminamos por calles de lluvia y charcos. Reconocemos lo que somos en cada forma, en cada esquina; nos damos significado y armamos un paisaje: secuencia de imágenes que nos van hilando hasta nombrarnos. Surge una palabra como una raíz, y nos pronuncia.

Cuando nombramos al mundo nos estamos nombrando.

Las palabras guardan siempre esta condición de espejos.

El lenguaje es el único mal verdaderamente necesario.

Imagino lo que vio Rilke en los Alpes Suizos, Van Gogh en los molinos, Beckett en los jardines de Luxemburgo. La palabra escapa nuestras intenciones. Encuentra vida propia, eco en otro cuerpos, espacio en otros sueños. Es esencialmente creación; el principio y el final del alma humana. Los momentos que más se aferran a mi alma nunca los he podido nombrar. Las palabras acechan nuestra experiencia, pero no la tocan, sólo la observan como un montón de animales acercándose lentamente para escuchar cantar a Orfeo.

Es importante recordar que Alejandro Magno, al destruir la ciudad de Tebas, sólo dejó en pie la casa del poeta Píndaro. Hacer una revista tiene esta ilusión antigua de conservar el mundo intacto, para que la realidad nos sea más amable, y podamos acecharla con cerillos, decirle que tenemos la posibilidad de nombrarla y hacer de ella un poema, una idea, una pintura.

Esta revista esconde el corazón de quienes nos han prestado sus palabras, y será leída por otros que encontrarán en ella sólo una franja de su propio cuerpo, un hilo de agua cayendo en su propio cántaro. No hay ambición más fuerte que la de ensamblar dos ojos dentro de una imagen ¿cómo explicar lo que uno observa en las nubes, lo que uno piensa que el teatro puede lograr en una sociedad compleja? La historia del ser humano no cambia. Se abaten los gestos hacia el amor, la muerte, el poder y la belleza. Pero cada persona juega su historia y nosotros queremos recuperar la manera en que de niños tomábamos el mundo bajo el aspecto de una palabra indescriptible.

La Barraca significa abrir la posibilidad de formar un diálogo entre dos personas en donde se abarque el mundo de cada uno, sin crítica ni juicio, solamente mirar mirándonos. Eso es el teatro y eso es lo que nosotros proponemos bajo este velo no siempre claro que es la actualidad, nuestro país y nuestra perspectiva de lo que significa ser artistas. Bajo estas premisas abrimos la puerta hacia un proyecto cuyos horizontes dependen de nuestra capacidad de imaginarlos. Nuestras plumas son aún jóvenes, pasajeras. Queremos ideas que cambien por sí mismas. Gente que empiece escribiendo de una cosa y acabe escribiendo de otra. Porque creemos que la falta de rumbo es otra forma de afirmar un camino. Basta con que hagamos de este proyecto algo propio, algo que nos involucre como cuando vagamos por islas de agua dentro de algún sueño lúcido.

Cuando lean los textos de La Barraca, o los escriban, tomen en cuenta las corrientes que fluyen debajo de las palabras, ahí estará nuestra razón de ser, y la posibilidad de hacer de esta revista un pozo que resuene en la imposibilidad de compartir la realidad, pero en la esperanza de crear con pequeñas piezas un boceto que nos proyecte a hacer del teatro y de la sociedad un espacio que de cabida al desarrollo humano, a la libertad, a la posibilidad de pronunciarnos cada vez más, cada vez mejor.

Emilio Carrera Quiroga